| 1 Todo parece el instante
de un pavor nocturno –aunque muy secretamente soleado- en
este libro de María Rosa Lojo: Forma oculta del mundo.
Llegan habitantes del sueño, con sus palomas de leves, o
de penetrantes, trascendencias, y llega todo lo inexplicable de
la divinidad de la Poesía deslizándose desde la tierra
recóndita, que seguramente existe en los mares de la muerte.
Tierra invisible, que llega en largos furgones de cristal negro,
con transparencia casi paradisíaca. Furgones conducidos por
una plegaria de ángeles, que cantan para el terrestre corazón
humano, cansado de las sonoridades de las grandes ciudades del dinero.
2 Se entornan los párpados de
las ventanas y las puertas del sueño, y entran mujeres alumbradas
por los colores de una luna mestiza, de ojos rasgados por los rayos
de un sol de entresueño, sonriendo en una casi inconciente
tarea de reconstrucción, desde un negro sol de agua que las
protege con su silencio.
3 Llegan también palomas negras,
azucaradas por tinieblas, con un resplandor de crepúsculo
color de diablo, y traen azucenas en sus pestañas. Vienen
a despedir, a tratar de despedir al reinado de todos los tristes
dioses. Vienen a favorecer a la coronación más postergada
siempre: la de la hermandad.
4 Llega una plegaria ¡tan terrestre!
de ángeles ardientes, con pétalos morenos, que baten
sus alas junto a los largos furgones de cristal, donde viajan las
apariciones que envían las fraternidades del cielo y de la
tierra, unificados en un relámpago muy lento, de tinieblas
y colores: es la plegaria de la bella Doncella Construcción.
5 Dice María Rosa Lojo en el texto
titulado Tan futuro:
“Has conocido la suma de los días, número sin
sentido, insensible a las duras calidades del ser que juega y huye,
o esforzado aminora la cerrada sequedad de aquellos corredores ministeriales
y monásticos, de aquellos trenes con tanto destino árido.
Alguien señala desde el puente superior, irrestañablemente
verde, alguien descerraja las avaras cancelas que impone la pobreza
del no mirar.
Tan futuro, tan húmedo y hacia los ríos: este ser
descubierto en el redondo esplendor que fluye”.
Y yo le digo:
Sí, tan futuro y hacia los ríos, y, al mismo tiempo,
alguien que señala desde el puente superior. He aquí
un abrir y cerrar de ojos, desde el lujo al desamparo, desde un
puente verde para siempre en la gran boda del silencio y la sonoridad,
desde un alto mirar entre los ríos que fluyen, tal vez, desde
hondonadas iluminadas por lámparas de la natalidad de algún
dios, señalando la ruta de la infinitud. Una ruta que, inexorablemente,
se ilumina cuando pasa el carruaje de una poeta de tan bella y honda
legitimidad, una poeta sobrecargada con la imagen plena de un celeste-negro
con sangre, liviano, ardiente y blanco, un celeste regresando desde
el fondo de la casa de la ética de los sueños, de
los sueños encendidos de la vida y de la muerte.
En otro texto titulado La pared, leemos:
“Del otro lado de la pared cantan el amor y el odio de todos
los siglos. Vínculos de almas ya muertas que se estrechan
en las grandes casas vacías, a la sombra de los bosques eternos.
Podrías arrancarte la máscara que usas para dormir,
cruzar del otro lado y escucharlos. Pero sigues escribiendo sobre
la mesa de la fruta y el vino, sólo atenta al llamado de
los trenes oscuros que cruzan infinitamente el mundo”.
Y yo le digo:
¿Acaso estas almas, ya muertas, no serán las que mandan?
Esta poeta recibe mandamientos cuando viaja hacia las puertas de
esas casas vacías, mandamientos que luego proyecta desde
el foco central de una bellísima claridad, para que se graben
en la pantalla viva de la condición humana, ampliando los
límites de esa condición.
Ahora voy a leer Magnificat:
“Sombras vencidas por los vientos, el río y la noticia.
Vencidas remando a contracorriente, haciendo astillas las vigas
de la luz.
Avanza en los rincones de la mañana de remotos, lúcidos
soñadores, que dicen de las regiones de la vida y de la muerte
cantando hacia el Sur.
El Sur oculto y abierto, partido como las frutas y los días,
arrasado por ecos. Caballoeco y marsonido en las costas azules,
pino creciente en la ruptura del sueño, rodantes rocas en
el valle de felicidad.
Y dices Sur y alegría y promesa y tus lágrimas caen,
rápido-amargas en la curvatura de una mano que antes recogió
viajes y estrellas, aspas de pinos en el vientovoz que cuida la
memoria de tus muertos mientras creces, envuelta en la promesa del
Sur, grávida, esperando, deshilando las sombras en el huso
de tu destino, urdiendo las campanas de la noticia”.
Y a esto le digo:
Partida como las frutas y los días llegó y es cazadora
de paisajes profundos, en el nombre de todo lo viviente, recorriendo
el cuadro-vivo de lo visible y lo invisible, cuyos colores reparte,
con una tentativa de la libertad ardiente. Campana de la noticia,
que, a veces también es de lágrima negra, que sangra
desde el corazón de un amplio deseo, recogiendo viajes y
estrellas.
Ahora leo el texto El cuadro:
“Sentada contra un paisaje sin fin, quisieras apresar lo lejano,
dar de comer al pájaro que canta sobre el roble intangible,
en una tela blanca. No hace falta pincel. Con el dedo del corazón
vas trazando los colores que no existen en el marco vacío,
el único escenario a tu medida, profundo y silencioso como
el deseo. Cierra los ojos para que el mundo crezca en la soledad
de tu sueño y cuando ha florecido en la corona de una rosa
absoluta quieres ver, otra vez la tierra nueva. Sobre la tela, ese
rostro desconocido, tu rostro, heredado de un Dios que todo lo abandonó,
y en tus ojos el pájaro incesante lo recuerda”.
Y yo le digo, finalmente:
¿Acaso puede cantar con tanta libertad la canción
que invoca al Dios que todo lo abandonó? Sí, se puede,
como en este caso, cantar con el dedo del corazón. Trazando
los amores humanos y divinos, abriendo las ventanas y las puertas
que dan a la infinitud, para que el Ser se comunique y arda con
el pájaro incesante del rostro de todas las formas ocultas
del mundo, iniciando, tal vez, la primera blanca-de oro Natividad
sobre la tierra antigua, estrellada de luz nueva, en la comarca
gobernada por el más puro deseo de todos los colores.
Francisco Madariaga
(Junio de 1991)
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