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Texto de la publicación:
Mis padres emigraron de España en 1948, cada uno por su lado. Mamá venía de Madrid, papá, de Galicia. En Buenos Aires se enamoraron y se casaron. Ninguno de los dos quería seguir viviendo bajo el régimen de Franco; esperaban regresar en una época más feliz. Pero morirían de este lado, sin haber vuelto a pisar (ni siquiera transitoriamente) la tierra patria.
En 1951 también llegaría a esta ciudad para exponer sus obras José Otero Abeledo (Lalín,1908-Vigo,1996), mejor conocido por su nombre artístico: Laxeiro. Fue uno de los grandes renovadores de la pintura gallega, que supo transfigurar la rica cultura popular en un arte innovador, a la vez barroco y despojado, fantástico y rústico, sofisticado y primitivo. Decidió quedarse en Argentina, atraído por buenos motivos: el reconocimiento, la libertad y el amor. Aquí había conocido a una exiliada que sería la mujer de su vida: “Lala”, la llamaban todos, muy amiga de mi madre y madrileña como ella. Solo muchos años después yo identificaría a esa señora guapa, desenvuelta y amable, como Eulalia de Prada Canelas (1908-1989), primera española funcionaria de un ministerio (el de Agricultura y Fomento) en los años de la Segunda República Española.
Solíamos visitarlos en su departamento de la capital. Recuerdo que Laxeiro llevaba anteojos, boina, y el pelo un tanto más largo que lo habitual en los varones. Ellos también venían a la casa flamante que mis padres habían edificado, con mucho esfuerzo, en Castelar, entonces un pueblo del conurbano Oeste. Uno de los tantos domingos en que compartieron con nosotros el vino y la paella, Laxeiro nos dejó un regalo maravilloso. Una madre con un bebé en los brazos, que pintó ahí, in situ, en una cartulina extendida sobre la mesa de los brindis y del cariño. En el cuadro dominan tonos oscuros, pero no lúgubres. Toda la luz emana de las caras del bebé y de la madre, que tiene la cabeza cubierta por un rebozo campesino salpicado de notas de color. Los ojos, con los párpados bajos, miran al neno o nena mientras lo mece con cuidado infinito. Arriba, en una ventanita lateral, quedaron estampadas la firma del pintor y la fecha: 1962.
En la misma casa, reformada y actualizada, vivimos con el cuadro mi marido y yo. Ahora soy la única testigo del acto de belleza y amistad plasmado en esa imagen que sigue susurrando la canción del origen sobre la nueva tierra.
