
“La lluvia es una cosa/ que sin duda sucede en el pasado”, dice Borges en un mágico poema sobre el poder de evocación que la caída de la lluvia despierta. Con ritmos furiosos o lentos, como tromba y tormenta o garúa casi imperceptible, cambia los ritmos cerebrales y desordena el tiempo. Una lluvia nos trae la memoria de todas, la sed de la tierra y la sed de los cuerpos, la busca de refugio bajo el techo seguro, el silencio en un dormitorio a oscuras, interrumpido solo por el golpeteo de las gotas contra los vidrios.
El amor bajo la lluvia tiene buena prensa, literaria y audiovisual. Es Jo March, en Mujercitas, tomando la iniciativa, besando bajo el paraguas al profesor Bhaer, el hombre bueno y tímido que no se atreve a declarársele abiertamente. Es, también, el implacable tic tac del reloj que les indica a Lynette y a Tom Scavo, en Esposas desesperadas, el final de su matrimonio, porque llueve justo en la noche que han elegido para darse otra oportunidad, pero ya no hay deseo y ni siquiera el hechizo afrodisíaco que el cielo propicia puede devolvérselo a los que una vez se amaron.”
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